LAS RAZONES DE LA SIN RAZÓN

Opinar de forma pública deja abierta la posibilidad de la generación de controversias, de debates, más si el tema es de política y se asume desde una perspectiva revolucionaria. En tanto ésta perspectiva pareciera ser una cualidad de quienes, de manera concreta o virtual, detentan el poder político y económico en Venezuela; de quienes, a punta de discurso, consideran que se hace revolución, al extremo de que muchos actores políticos, especialmente desde la oposición, han llegado a comerse ese cuento.
Una de las primeras cosas que resulta “inconcebible”, para muchos de los dirigentes o activistas gubernamentales, es que organizaciones revolucionarias sostengan una política de alianzas en la que confluyan partidos de centro, centro izquierda y de derecha, cómo si la política de alianzas no fuera un hecho dinámico que responde al análisis concreto que se haga de la realidad política nacional y, particularmente, de la caracterización del régimen político imperante.
Este último elemento, a groso modo permite señalar que más que un gobierno revolucionario, las ejecutorias de éste lo ubican como un gobierno de naturaleza militarista, despótica y con claros visos de fascismo, prácticas que, en nada tienen que ver con socialismo, en nada tienen que ver con comunismo. Para los revolucionarios no hay duda de que lo que se ha instituido en el país es una gran farsa y una gran estafa al pueblo venezolano, que muchos no logran aun descifrar, valida del estimulo al odio hacia los factores políticos que, en el pasado, ocuparon roles estelares en la vida política nacional, cuyas acciones son las responsables de este desaguisado histórico en el que se confunde resentimiento social con posiciones revolucionarias, en el que, en nombre de la revolución, la corrupción, la ineficiencia, la ausencia de estado de derecho, la violación a los derechos humanos, el hostigamiento, la exclusión, han tenido un incremento significativo, junto con el surgimiento de inverosímiles argumentos para justificarlos, prácticas que, expresadas en proporciones ínfimas en el pasado, servían de razón para estimular las más variadas formas de protesta.
En qué se diferencian los cabilleros de otrora a los cayaperos de hoy; en qué se diferencia el usufructo de los bienes públicos al descomunal usufructo del patrimonio público de hoy; en qué se diferencia la represión y el hostigamiento policial a la disidencia política, que antes se hacía, de la que se hace ahora; en qué se diferencia el clientelismo político del pasado al clientelismo político de ahora; en qué se diferencia la partidización de las asociaciones de vecinos de la que se hace con los consejos comunales; en qué se diferencia la inseguridad y la impunidad de hace diez años atrás a la que ocurre en la actualidad; en que se diferencia la oligarquía de antes a la boligarquía de hoy; y vaya que aun pudiera seguir extendiéndome en buscar esas diferencias entre las “oprobiosas” prácticas de la cuarta y las “revolucionarias” prácticas de la quinta… Pero, en honor a la verdad, si se diferencian; en la desproporción, en el cinismo con el que se defiende lo indefendible, así como en la existencia de una total e inequívoca ausencia de autonomía en los poderes públicos que pueda, aunque sólo sea someramente, hacer cumplir algunas leyes, para no decir el estado de derecho.
De manera tal que el primer elemento a desmitificar es que se combate a un gobierno revolucionario, y que quienes lo hacen son antipatriotas y aliados del imperialismo. Valdría la pena recordar que el principal sostén del “imperialismo yanqui” es el gobierno venezolano, en tanto es el fundamental socio comercial de Venezuela y principal comprador de petróleo, ese que sirve para apuntalar la industria bélica que, por ejemplo, favorece el establecimiento de bases militares. Desmitificación que, también, es válida para los diversos actores que, desde la oposición hierran en creer que combaten al socialismo y, en consecuencia, no atinan en la construcción de un programa alternativo que recoja las aspiraciones de cambio de los venezolanos.
Más allá las razones de la sin razón presentadas, hay que señalar, por demás, que no hay ninguna medida que apunte en la dirección del establecimiento de una sociedad de naturaleza socialista, salvo que, ole, el militarismo, el autoritarismo, el despotismo y las prácticas fascistoides formen parte de las nuevas categorías de aquel socialismo que se apellida del siglo 21.

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