CARADURISMO

Ustedes creen que los venezolanos seguirán comiéndose eternamente ese cuento de que los responsables de los atropellos, las agresiones, los heridos y los muertos, como el de esta semana en el Táchira, son los dirigentes de la oposición o, incluso, el gobernador de alguna entidad que, administrativamente, no esté bajo su control. De que cada vez que quienes disienten del régimen se les ocurre protestar, exigir de forma enérgica el cumplimiento de sus derechos, el mejoramiento de los servicios o bien expresar su cuestionamiento frente a los desmanes cometidos en el ejercicio de gobierno, son ellos los que agreden, los que provocan, los que se auto flagelan.
Reacciones desproporcionadas frente a un legal y legitimo derecho que tienen los ciudadanos de exigir el cumplimiento de las leyes o, bien, de protestar por las cosas que consideren necesario hacerlo. No importa quién ejerza el derecho; sea individual, en grupo, en masa, para cada cual hay una respuesta de las fuerzas de choque.
Recientemente a dirigentes políticos de la oposición que ofrecían una rueda de prensa en las inmediaciones de la Alcaldía de Coro, una turba de funcionarios públicos de la localidad mirandina y activistas del chavismo los agredieron porque, a su juicio, “estaban provocando” y tenían una “guarimba”, vaina ésta que ha servido para todo. Sólo eran 5, cinco, si 5; Eliezer Reyes, Julio Tova, Alfredo Gil, Jaime Vargas e Iraida Navarro. Pero, había que desalojarlos de ahí y, para ello, nada mejor que apelar a la bien aceitada maquinaria que se tiene para intimidar, hostigar, atropellar y agredir.
La historia política venezolana de estos últimos 11 años está llena de centenares de ejemplos, algunos emblemáticos como el caso de los pistoleros de Puente Llaguno, a quienes todo el mundo vio disparar, pero que resultaron absueltos y libres de toda sospecha; las agresiones que recibieran periodistas de la Cadena Capriles a mediados de ese año, a punta de palo, por parte de fuerzas de choque chavistas; la agresión a los estudiantes universitarios, luego de que retornaran de una marcha, en la Escuela de Trabajo Social de la UCV, a punta de pistola, cuyas imágenes recorrieron el mundo; la golpiza propinada al Secretario General de la Unión de Jóvenes Revolucionarios en Caracas (Rubén Briceño) por 14 chavistas armados; el saboteo armado al acto aniversario de Bandera Roja en el Ateneo de Caracas; el asalto a Globovisión por parte de afectos al régimen encabezados por Lina Ron; las agresiones de las que fueron víctimas Gerardo Blyde y el parlamentario Wilmer Azuaje, frente a la Asamblea Nacional; las recurrentes agresiones de las que son víctimas los periodistas, entre otras manifestaciones claras de violencia política por parte de régimen, son parte del día a día de este régimen y, de paso, pretenden seguir diciendo, con tal grado de cinismo y caradurísmo, que son culpa de los agredidos, de las víctimas, de los atropellados, casi que se les ocurrirá el cualquier momento decir que es culpa de algún opositor por respirar.
Lo ocurrido con el estudiante de la UNET: Jesús Ramírez Bello, asesinado mientras protestaba en contra de las continuas fallas eléctricas y de la escasez de gasolina, por balas venidas de las fuerzas de choque conformadas por estudiantes de la Universidad Bolivariana, en un hecho en el que, también, resultara herido el estudiante Wladimir Valiente Buitrago, militante de la Unión de Jóvenes Revolucionarios, ha dado lugar a que el Ministro de in(Justicia), quiera hacer creer a los venezolanos, una vez más, que los que dispararon no dispararon sino que fue Pérez Vivas, mentira que sólo se creen ya los fanáticos irracionales.
Qué son esas fuerzas de choque; cuerpos parapoliciales, bandoleros, cabilleros, delincuentes, qué son…, lo cierto es que revolucionarios no son, pues esas son prácticas propias de un régimen fascistoide, que estimula el hostigamiento, la persecución y la agresión contra la disidencia política y facilita la actuación impune de los mismos, con un claro propósito de amedrentar a la oposición, de atemorizar a quienes adversan al régimen, de disuadir cualquier intento de protesta, cosa que, estoy convencido, no lograran, pues el descontento crece de forma acelerada frente a un régimen que, además de ineficiente e incapaz para dar respuestas favorables a los grandes problemas del país, se pudre en desaguisados de corrupción como el que se revela con la intervención de los bancos.
El caradurismo no tiene límites, y se ampara en un Estado cómplice que facilita la impunidad, pero el caradurismo, más temprano que tarde, tendrá que vérselas con la justicia, con aquella que se ejerce de manera autónoma en base a lo que establecen las leyes nacionales, así como también aquellos tratados internacionales que dan cuenta de la no prescripción de los delitos contra los derechos humanos.

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