A PROPÓSITO DEL PRIMERO DE MAYO

Este primero de mayo los trabajadores venezolanos nada tienen que celebrar. Esta fecha histórica para los trabajadores del mundo, encuentra a los venezolanos sumidos en una de las peores condiciones que pudieran haberse advertido hace más de once años atrás, cuando irrumpió en el poder un nuevo gobierno que ha hecho del discurso a favor del pueblo y de los trabajadores su carta de presentación, al punto de reivindicarse como un gobierno “obrerista”.
Lo cierto es que en este régimen “obrerista”, son los trabajadores los que, precisamente, han sido los más golpeados por el desarrollo de una política errada, que no sólo ha privilegiado a la oligarquía financiera y al capital internacional que dice combatir, sino que además ha desconocido de manera sistemática las contrataciones colectivas, las conquistas laborales, ha corporativizado a las organizaciones sindicales, multiplicando la relación clientelar que con ellas se sostenía en la llamada cuarta república, y, por si fuera poco, ha perseguido y encarcelado a dirigentes sindicales al punto de que hoy día más de 200 trabajadores se encuentran sometidos a régimen de presentación ante los tribunales, por el sólo hecho de defender sus derechos laborales.
Por si fuera poco, la ineficiencia en la gestión gubernamental, junto con el autoritarismo que caracteriza al régimen militar, ha hecho que miles de trabajadores queden en la calle, como resultado de la expropiación de empresas y la invasión de granjas productivas, para cederlas a decenas de venezolanos que, también necesitados, terminan por abandonar esos negocios o por llevarlos a la quiebra, por la inconsistencia de la política gubernamental para hacer de Venezuela un emporio de productividad y bienestar.
Junto con lo descrito, el deterioro de la calidad de vida de los trabajadores no admite discusión alguna, dado el indetenible aumento de los precios de los bienes y servicios, sumado a la escasez de los alimentos, así como al deterioro de los servicios públicos, cuya ausencia de solución (energía eléctrica, por ejemplo), sólo es augurio de mayores calamidades para los venezolanos, calamidades que trataran de ser tapadas con nuevas excusas, sumadas a las del imperio, los apátridas y el niño, cuando el verdadero niño que está acabando con la patria está ya casi a punto de llegar a la adolescencia.
Es muy probable que, además de las regalías que el régimen concede regularmente a otros países, para solventar problemas que aquí se agudizan a diario, así como las que concede a los militares para asegurar su complicidad en las tropelías que comete, conceda algunas a los trabajadores, especialmente por encontrarnos en un año electoral en el que aspira seguir controlando la Asamblea Nacional a su antojo, para terminar de imponer su modelo de gobierno social fascista, y conculcar definitivamente los derechos de los trabajadores; a la contratación colectiva, a la organización sindical, a la huelga y a mejores condiciones de vida.
De allí que, este primero de mayo llamamos a redoblar esfuerzos en la dirección de consolidar la unidad popular, unidad que transciende el marco de los acuerdos electorales y se convierte en una necesidad histórica que ha de permitir construir una nueva democracia en Venezuela, que deje de lado la estafa que ha significado esta farsa revolucionaria y cualquier apetencia por retornar a formas de gobierno que también demostraron su fracaso.
La unidad que hoy requiere el país, está por encima de apetencias sectarias y hegemónicas de factores políticos que, buscando convertirse en nuevas mayorías en la Asamblea Nacional, podrían terminar favoreciendo la perpetuidad en el poder de este régimen autoritario y de su camarilla, en detrimento de los trabajadores y del país en general. No obstante ello, desde Bandera Roja llamamos a los trabajadores a organizarse, a continuar la defensa de sus intereses y a votar en nuestra tarjeta para construir una nueva mayoría en el parlamento nacional que permita avanzar en la construcción de una democracia popular.

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